¿Hay que jubilar la ortografía ? |
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| A favor de la jubilación | |||||
| Botella al mar para el dios de las palabras, Gabriel García Márquez | |||||
| La polémica de la ortografía, G. G. Márquez defiende sus ideas | |||||
| Zien años de zoledad, Maite Rico y Alex Grijelmo | |||||
| Vivir para contarla, Gabriel García Márquez | |||||
Botella al mar para el dios de las palabras, Gabriel García Márquez |
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La lengua española tiene que prepararse para un oficio grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de 19 millones de kilómetros cuadrados y 400 millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga 54 significados, mientras en la República de Ecuador tienen 105 nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aún no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero dijo: «Parece un faro». Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es «la color» de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cerveza que sabe a beso? Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo venturo como Pedro por su casa. En ese sentido me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y devuélvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una? |
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La polémica de la ortografía, G. G. Márquez defiende sus ideas |
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«Por eso dije y repito que debería jubilarse la ortografía. Me refiero, por supuesto, a la ortografía vigente, como una consecuencia inmediata de la humanización general de la gramática. No dije que se elimine la letra hache, sino las haches rupestres. Es decir, las que nos vienen de la edad de piedra. No muchas otras, que todavía tienen algún sentido, o alguna función importante, como en la conformación del sonido che, que por fortuna desapareció como letra independiente». Quizá el mayor escándalo se ha formado con sus propuestas respecto a las bes y las uves, y con los acentos. Sobre las primeras, dice: «No faltan los cursis de salón o de radio y televisión que pronuncian la be y la ve como labiales o labidentales, al igual que en las otras letras romances. Pero nunca dije que se eliminara una de las dos, sino que señalé el caso con la esperanza de que se busque algún remedio para otro de los más grandes tormentos de la escuela. Tampoco dije que se eliminara la ge o la jota. Juan Ramón Jiménez reemplazó la ge por la jota, cuando sonaba como tal, y no sirvió de nada. Lo que sugerí es más difícil de hacer pero más necesario: que se firme un tratado de límites entre las dos para que se sepa dónde va cada una». En cuanto los acentos, irónico, explica. «Creo que lo más conservador que he dicho en mi vida fue lo que dije sobre ellos: pongamos más uso de razón en los acentos escritos . Como están hoy, con perdón de los señores puristas, no tienen ninguna lógica. Y lo único que se está logrando con estas leyes marciales es que los estudiantes odien el idioma». |
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Zien años de zoledad, Maite Rico y Alex Grijelmo |
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| De hecho, García Márquez no hizo si no recoger una propuesta en la que diversos especialistas llevan años trabajando: la de simplificar la ortografía española. Uno de ellos, Raúl Ávila, investigador de El Colegio de México, ha estado presente en el Congreso de la Lengua. Y suelta de sopetón una frase del académico español Julio Casares, «libre de toda sospecha»: «La ortografía académica no es razonable. Cuando una ley puede ser involuntariamente infringida por quien pone todo su conato en acatarla, la culpa no es del infractor, sino de la ley».
Sus trabajos con escolares mexicanos le permitieron a Ávila conocer las dificultades de los niños para aprender las normas ortográficas: las haches puestas al azar, las confusiones entre la be y la uve, los problemas con las letras ese, ce y zeta y las mezclas de la elle y la i griega dejaban de manifiesto dos realidades: los escollos estaban fundamentalmente en aquellos grupos de letras que transcriben un solo fonema y los niños con mayores problemas procedían de estratos sociales bajos o de zonas rurales. «La ortografía del español, en cuanto a su relación fonema letra, se basa principalmente en el dialecto que se impuso históricamente: el castellano», explica Ávila. Pero 300 millones de hispanohablantes están lejos de esa pronunciación estándar y para ellos la ese, la ce y la zeta transcriben el fonema /s/. Las 600 horas que un niño castellano dedica en su vida al aprendizaje de la ortografía aumentan en el caso de, por ejemplo, un niño mexicano. Ávila está convencido de que sería más interesante dedicar este tiempo a otras cuestiones más importantes, como enseñar al alumno a expresarse y a redactar. ¿Por qué no simplificar las reglas, máxime en países, como los latinoamericanos, donde hay grandes bolsas de analfabetismo? «No se trata de imponer el caos», dice Ávila, «sino de hacer una revisión de las normas ortográficas españolas para hacerlas más lógicas y sencillas y menos incongruentes». La solución estaría, explica, en «fonologizar la escritura», es decir, atribuir una letra para cada sonido y un sonido para cada letra. Ávila ha propuesto, de hecho, un «alfabeto internacional hispánico» basado en las diferentes formas de hablar español y que las integra a todas, que coexistiría con el extenso, que conocemos todos ahora, empleado para ordenaciones o transcripciones de extranjerismos. El nuevo alfabeto consta de 25 letras. Quedan excluidas la ce, la hache, la cu, la uve, la uve doble y la equis y se incluye la letra sh. ¿Y qué ocurre con los homónimos, como vaca y baca? El contexto determina el significado. Gutierre Tibón, mexicano de origen italiano, piensa también que la reducción del alfabeto facilitaría la enseñanza de la lectura y la escritura. Y él aboga por la abolición de las letras hache, ca, uve doble e i griega. Puesto que en el año 2000 el 90% de los hispanohablantes serán latinoamericanos, ha dicho, Madrid «debe adaptar la gramática castellana a las nuevas circunstancias». |
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Vivir para contarla, Gabriel García Márquez |
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(El escritor y sus problemas con la ortografía) |
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El problema con el hermano Reyes se arregló porque en Semana Santa necesitó unos dibujos para su clase de botánica y se los hice sin parpadear. No sólo desistió de su asedio, sino que a veces se entretenía en los recreos para enseñarme las respuestas bien fundadas de las preguntas que no había podido contestarle, o de algunas más raras que luego aparecían como por casualidad en los exámenes siguientes de mi primer año. Sin embargo, cada vez que me encontraba en grupo se burlaba muerto de risa de que yo era el único de tercero elemental al que le iba bien en el bachillerato. Hoy me doy cuenta de que tenía razón. Sobre todo por la ortografía, que fue mi calvario a todo lo largo de mis estudios y sigue asustando a los correctores de mis originales. Los más benévolos se consuelan con creer que son torpezas de mecanógrafo. [...] Leía en las clases, con el libro abierto sobre las rodillas, y con tal descaro que mi impunidad sólo parecía posible por la complicidad de los maestros. Lo único que no logré con mis marrullerías bien rimadas fue que me perdonaran la misa diaria a las siete de la mañana. Además de escribir mis bobadas, hacía de solista en el coro, dibujaba caricaturas de burla, recitaba poemas en las sesiones solemnes, y tantas cosas más fuera de horas y lugar, que nadie entendía a qué horas estudiaba. La razón era la más simple: no estudiaba. En medio de tanto dinamismo superfluo, todavía no entiendo por qué los maestros se ocupaban tanto de mí sin dar voces de escándalo por mi mala ortografía. Al contrario de mi madre, que le escondía a papá algunas de mis cartas para mantenerlo vivo, y otras me las devolvía corregidas y a veces con sus parabienes por ciertos progresos gramaticales y el buen uso de las palabras. Pero al cabo de dos años no hubo mejoras a la vista. Hoy mi problema sigue siendo el mismo: nunca pude entender por qué se admiten letras mudas o dos letras distintas con el mismo sonido, y tantas otras normas ociosas |
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García Márquez, por cojones, Arsenio Escolar |
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| Una anécdota sobre García Márquez y sus problemas con la gramática. | |||||
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