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LA HISTORIA DE SOFÍA
 
     
 

Hay poemas que tras sus versos esconden historias verdaderas. La de Sofía es un buen ejemplo.

Te lo cuento:

 
     
 

Había una vez un poeta andaluz de piel blanca , cabello canoso y voz entrecortada. Enfermo como estaba, pasaba largos periodos sin salir de su casa. Un día descubrió a través de su ventana a una niña, que embelesada, recorría con la yema de su dedo un grandioso atlas. La miró y la miró durante muchas tardes, pero nunca cruzó con ella una palabra. Fue la suya una presencia amable que con el tiempo se desvaneció. (Mi versión)

 
     
 

¿Sabes? La historia que acabas de leer es real. Se trata de un episodio de la vida de Rafael Alberti, que él mismo ha sabido contar doblemente. Primero, escribió un poema ("ELEGÍA"). Años más tarde, en su libro de memorias ("LA ARBOLEDA PERDIDA") contaba el origen del mismo.

Démosle la palabra:

 
     
 
 
I
 
ELEGÍA
   
 

La niña rosa, sentada.
Sobre su falda,
como una flor,
abierto, un atlas.

¡Cómo la miraba yo
viajar, desde mi balcón!

Su dedo -blanco velero-
desde las islas Canarias
iba a morir en el mar Negro.

¡Cómo la miraba yo
morir, desde mi balcón!

La niña, rosa sentada.
Sobre su falda,
como una flor,
cerrado, un atlas.

Por el mar de la tarde
van las nubes llorando
rojas islas de sangre.

RAFAEL ALBERTI, Marinero en tierra

 
     
     
 

II

Esta Sofía era una niña de doce o trece años, a quien en los largos primeros meses de mi enfermedad contemplaba abstraída ante un atlas geográfico tras los cristales encendidos de su ventana. Desde la mía, sólo un piso más alta, veía cómo su dedo viajaba lentamente por los mares azules, los cabos, las bahías, las tierras firmes de los mapas, presos entre las finas redes de los meridianos y paralelos. También Sofía bordaba flores e iniciales sobre aéreas batistas o rudos cañamazos, labor de colegiala que cumplía con la misma concentrada atención que sus viajes. Ella fue mi callado consuelo durante muchos atardeceres. Casi nunca me miraba, y, si alguna vez se atrevía, lo hacía de raro modo, desde la inmovilidad de su perfil, sin apenas descomponerlo. Esta pura y primitiva imagen, de Sofía a la ventana, me acompañó por largo tiempo, llegando a penetrar hasta en canciones de mi Marinero en tierra [...]. Desde entonces, aunque seguí viviendo hasta 1930 en la misma casa, Sofía se borró del todo, muriéndoseme verdaderamente, terminando por ser tan sólo un bello nombre enredado en los hilos de mis poemas.

RAFAEL ALBERTI, La arboleda perdida

 
     
  La historia de Sofía sirve de trampolín para dar el salto del poema al cuento.  
     
 
PARA SABER MÁS sobre Rafael Alberti puedes consultar
 
 
la página oficial del autor
 
 
la biblioteca de autor del Centro virtual Cervantes
 
     

 
 
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