Aquella mañana Lucas se levantó más temprano que de costumbre. Se aseó, se vistió esmeradamente, se fue a la cocina y se preparó el desayuno. sobre las 8, salió de casa y anduvo unos metros hasta la parada del autobús. Esperó y esperó, pero no llegaba.
-¿Sabe usted si ha pasado algún 23? -preguntó a la señora que estaba a su lado.
-Yo llevo más de tres cuartos de hora aquí y no ha venido ninguno. El transporte público es un desastre...
-Tiene usted razón. Creo que llegaré antes a pie. Muchas gracias. Adiós.
-Adiós y suerte.
La ciudad a aquella hora estaba insoportable. Montones de coches, autobuses y camiones de reparto abarrotaban la calzada. El tráfico era lento; el aire irrespirable. La gente apresuraba el paso, como queriendo dejar atrás todo aquello. Aún no se habían apagado las luces, y edificios, árboles y calles apenas se percibían a través de una espesa capa de humo, procedente de las chimeneas y de los vehículos.
Lucas pensó: Hoy será mi último día aquí. Espero que cambie mi vida. Quiero volver al campo, vivir en una casa con huerto, tener un perro que me reciba al llegar y respirar aire puro. Todo depende de... Sin darse cuenta había llegado a su destino. LLamó al timbre y esperó. |