LA TRANSMISIÓN DE LOS ROMANCES
     
 

¿CÓMO HAN LLEGADO HASTA NOSOTROS LOS ROMANCES?

La forma de transmisión más antigua y la que más ha durado en el tiempo es la oral. El romance es poesía oral, es canto y es relato. Y para cantar y narrar el hombre ha usado siempre la voz.

Sin embargo, mientras que en los siglos XIV, XV y XVI la tradición sigue viva; parece que este modo de difusión se acaba o pierde en los siglos XVII y XVIII, pues son muy pocos los testimonios que se conservan de esta época. En estos siglos, los romances son silenciados por la cultura oficial, pero perviven en estado latente en zonas alejadas de los circuitos cultos. Esa vida escondida comienza a aflorar a mediados del s. XIX, a causa del interés que muestran los románticos por las tradiciones y el folclore. La pasión por el Romancero pervive en el s.XX de la mano de los poetas cultos, sobre todo los de la Generación del 27.

Pero los romances también han llegado hasta nosotros a través de la escritura. Muchos romances aparecieron publicados en pliegos sueltos -también llamados pliegos de cordel-. Estos eran cuatro hojas plegadas de forma que resultaban ocho páginas, con texto a doble columna ilustrado con ingenuos grabados alusivos, todo ello impreso en un papel de ínfima calidad y que se vendían a muy bajo precio. Este tipo de publicación estaba al alcance de todos los bolsillos y así se explica la gran abundancia de pliegos que desde el siglo XVI se conservan. Estos textos permiten conocer el gusto generalizado de la época, pues se imprimían no sólo romances sino también otros tipos de composiciones poéticas.

Además de este uso popular de la imprenta, pronto iba a aparecer otro medio de difusión escrita. Se trata de lo que en principio se llamaron Cancioneros de Romances –no es de extrañar, pues los romances se cantaban desde siempre-, recopilaciones antológicas amplias y extensas. El primero fue publicado en Amberes por Martín Nucio, entre 1547-1549, y se conoce como Cancionero de Romances, sin año. Después se publicaron sucesivas ediciones, algunas con los nombres de Silvas, Flores o Ramilletes, hasta que se llegó al nombre de Romanceros. Estos eran libros en toda regla, de un precio bastante más elevado. Su existencia, junto a los pliegos, indica que el gusto por el romance se extendía desde el pueblo llano – y muchas veces iletrado- hasta la aristrocracia y la gente de letras –lectores y escritores-.

   
  Adaptado de: Romancero viejo. Castalia didáctica, 18. (ed. Mª Cruz García de Enterría)
   
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