LA NOVELA PASTORIL, creación incuestionable de Jorge de Montemayor, tiene conocidos precedentes dentro y fuera de España. Entre los foráneos, destacan clásicos e italianos; aquellos, desde algunos lejanos Idilios de Teócrito, hasta las más próximas y vigentes Bucólicas de Virgilio; estos, a partir del Nínfale d'Ameto y el Ninfale Fiesolano de Boccaccio, con la culminación que significa la Arcadia de Sannazaro, escrita antes de 1480, aunque publicada en 1502.1
9) Sentimiento, además, concorde con lo expuesto, de raíz puramente espiritual -lo que explica que se pueda rozar el homosexualismo sin problemas, como sucede en las historias de Selvagia y Felismena-, diferente, por lo tanto, al que plasman libros de caballerías y algunas sentimentales, con sus matrimonios secretos de base claramente pasional. 10) Aunque coincide con la sentimental en el hecho de que el análisis de¡ sentimiento amoroso es el objeto fundamental de su atención, se separa de aquella en su concepción amorosa, puesto que si participa del mismo clima general de dolor y lágrimas, difiere en la visión, que es aborrascada y tormentosa en la Cárcel y sus congéneres, mientras se manifiesta como «serena melancolía, donde hasta las lágrimas son melodiosas y están sometidas a ritmo y compás» -en palabras de Moreno Báez3_ en la pastoril. 11) El sentido mesurado y proporcionado en la descripción del sentimiento amoroso está favorecido por el platonismo4 renacentista que invade todas las manifestaciones de la pastoral, condicionando asimismo, 12) tanto el carácter arquetípico de sus personajes, modelos de virtud y belleza, 13) como la visión tópica del paisaje, a través siempre de los consabidos epítetos que realzan lo defínidor y quintaesenciado. 14) Si bien, curiosamente, no hay apenas descripciones del paisaje, y las existentes, son siempre parcas y reiterativas,5 quizá a cansa de su misma condición de lugar común, 15) sí se describen detalladamente, en cambio, palacios, vestiduras y ornamentos.
16) Igualmente, a consecuencia de las ideas neoplatónico-renacentistas, la estructura de La Diana se configura de forma perfectamente equilibrada y armónica, conforme a una exacta distribución simétrica: tres libros correspondientes a los relatos de Selvagía, Felismena y Belisa; unión en el cuarto, en el palacio de la sabia Felicia, donde se comienzan a solucionar los conflictos; y otros tres libros posteriores para acabar de solventar los que permanecían en suspenso, dependientes del mismo núcleo, con la sola excepción de la propia historia de Diana. 17) El desarrollo argumental, de otro lado, se caracteriza por su estatismo, por su falta de movimiento y carencia de acción. Lentitud que, desde luego, favorece la penetración en la intimidad amorosa de los pastores y la consiguiente profundidad psicológica del análisis realizado. 18) Sólo se anima la acción gracias a la inclusión de elementos estructurales procedentes de la novela bizantina o de la caballeresca, aunque, a pesar de ellos, 19) la intemporalidad preside el deambular de estos pastores con modos cortesanos, siempre maduros.
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Como bien ha señalado López Estrada,6 Montemayor adaptó con inteligencia parte de la estructura de episodios en sarta procedente de la narrativa bizantina, en concreto: «el cruce de historias en un punto, que luego divergen en varios sentidos, corren paralelas a veces, y vuelven a encontrarse para buscar la solución». Y lo hizo con el fin de evitar el estatismo y la monotonía de lo puramente pastoril, mediante la interpolación de historias distintas que ofrecieran variaciones sobre lo bucólico; «casos amorosos» diferentes. De esta forma, la bizantina se constituyó en soporte constructivo de la novela pastoril, iniciando un desarrollo gradual que culminaría en La Galatea cervantina.
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Y es que, al igual que sucedió en otros campos de la narrativa áurea, los epígonos de la pastoril no quisieron o no pudieron entender las aportaciones de La Galatea (1585). En ella, Cervantes había superado con inteligencia la linealidad constructiva de La Diana, mediante la realización de una estructura mucho más compleja, trabada a través de¡ entrelazado de las diversas historias integradas en una que sirve de engaste unitario. Una morfología en la que, como ha visto López Estrada,7 los amores de Elicio y Galatea, pastores bucólicos que protagonizan la historia principal, constituyen un núcleo aglutinador en el que se encajan los diferentes «casos de amor» que son las cuatro historias secundarias, a su vez confluyentes, un tanto, entre sí. Merced a este procedimiento, la novela pastoril se convierte en precedente compositivo de su propio Quijote y de toda la gran novela barroca. Las cuatro novelitas intercaladas, además, son diferentes: dos son «novellas» a la manera italiana, la primera y la última; aquella, la de Lisandro, de ambiente andaluz y de carácter trágico, con sangre y venganzas que van contra la esencia de lo más puramente pastoril -Herrera, Anotaciones-; ésta, la de Rosaura, igualmente tempestuosa. En medio se integran una novela pastoril, la de Theolinda, y otra de corte bizantino, con aventuras y viaje de largo recorrido, la de Silerio. La narración, a diferencia de la simple adición de historias de La Diana, se inicia «in medias res» con Elicio, pastor idealizado, aparece a continuación Erastro, pastor rústico en contraste, y ante ambos, Lisandro, que da muerte a Carino. Este huye, sigue la historia principal, vuelve a aparecer y cuenta su peripecia, se vuelve a interrumpir la narración cuando aparece Theolinda... Es decir, hay una alternancia pastor-pastora a la hora de relatar sus historias, en vez de la nota femenina prolongada de Montemayor. Hay, además, una clara ruptura de la línealidad de La Diana, en búsqueda de un mundo novelesco más complejo y perfecto.
1 Vid. el excelente libro de Francisco López Estrada, Los libros de pastores en la literatura espanola, Madrid, Gredos, 1974.]
2Ya Menéndez Pelayo notó la mezcla de motivos clásicos y realidad española contemporánea, en Orígenes de la novela, 1, Madrid, NBAE, 1905, p. 466.
3Enrique Moreno Báez, Los siete libros de La Diana de Monternayor, Madrid, Editora Nacional, 1976, p. XV.
4 Cf., por ejemplo, E. Moreno Báez, op. cit., págs. IX y ss.
5Como ya vió Menéndez Pelayo, Orígenes, p. 466.
6Francisco López Estrada, Los siete libros de La Diana, Madrid, Espasa-Calpe, 1970, 81-2.
7F. López Estrada, La Galatea de Cervantes. Estudio critico, La Laguna, 1948.
Fuente: Antonio Rey Hazas “Introducción a la novela del Siglo de Oro, I. (Formas de narrativa idealista). Edad de Oro I (1982): 65-105.