Antonio Rey Hazas
 

De “Introducción a la novela del Siglo de Oro, I. (Formas de narrativa idealista). Edad de Oro I (1982): 65-105.

 

LA NOVELA PASTORIL, creación incuestionable de Jorge de Montemayor, tiene conocidos precedentes dentro y fuera de España. Entre los foráneos, destacan clásicos e italianos; aquellos, desde algunos lejanos Idilios de Teócrito, hasta las más próximas y vigentes Bucólicas de Virgilio; estos, a partir del Nínfale d'Ameto y el Ninfale Fiesolano de Boccaccio, con la culminación que significa la Arcadia de Sannazaro, escrita antes de 1480, aunque publicada en 1502.1

 
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La novela pastoril no fue un género de larga vida, aunque sí de considerable difusión. Al igual que en el caso de la llamada novela morisca, es posible que la primera creación sea una de las mejores; me refiero, claro es, a Los siete libros de la Diana  de Montemayor, cuya primera edición es del año 1559. Entre esta fecha y la de 1633, año en que Gonzalo de Saavedra publicó Los pastores del Betis, discurre el género, al que dan relumbre literaria, por su valía propia y el prestigio de sus autores, La Galatea (1585) y La Arcadia (1598).
 

La poética que fraguó Montemayor, a diferencia de Sannazaro, combinaba prosa y verso de manera libre, sin ningún orden prefijado de antemano como el alternar de diez partes en prosa y verso de la Arcadia-, y confería estructura novelesca unitaria al mosaico de églogas pastoriles del italiano. Con todo, la visión del mundo era semejante, y en gran parte coincidente con la tradición virgiliana en ambos casos. Sus convenciones básicas son las siguientes:
1) El pastor es poeta por naturaleza, 2) vive en un mundo mítico cercano a la Edad de Oro, 3) en el que convive con seres sobrenaturales -en La Diana, por ejemplo, aparecen ninfas y se cita a Palas o a Marte por su influencia sobre el nacimiento de Felismena-, 4) al mismo tiempo que se mueve en un espacio geográfico real -León, Portugal, Sevilla_.2
5) El pastor se dedica, sobre todo, a exponer o cantar sus cuitas amorosas, bien a la naturaleza (que 6) responde a una concepción idealizada según la cual es siempre el tópico «locus amoenus», con prados verdes, flores olorosas y frescas, árboles frondosos, hierba menuda, arroyos claros, etc., además de constituirse en animada y humanizada consoladora de las quejas de dichos pastores, en verdadera caja de resonancia que vibra al compás del dolor de los rústicos, tanto en su vegetación como en su fauna); o bien a otros pastores, mediante el consabido canto amebeo que informa la bucólica desde Virgilio. 7) Todo esto es posible gracias al ocio pastoril, convención que le permite dedicarse exclusivamente al amor, mientras el ganado pace solo, o queda prácticamente olvidado y relegado. 8) Y es que el amor es el tema por excelencia del bucolismo desde Virgilio; -amor que se concibe en Montemayor desde un ángulo neoplatónico -hay de hecho transcripciones casi literarias de los Diálogos de amor de León Hebreo-, según el cual es el motor principal de las acciones que se relatan, y ello porque es la fuerza motriz que impulsa al hombre hacia la región de las Ideas Supracelestes, conforme al platonismo revivido por obra de M. Ficino.

 

9) Sentimiento, además, concorde con lo expuesto, de raíz puramente espiritual -lo que explica que se pueda rozar el homosexualismo sin problemas, como sucede en las historias de Selvagia y Felismena-, diferente, por lo tanto, al que plasman libros de caballerías y algunas sentimentales, con sus matrimonios secretos de base claramente pasional. 10) Aunque coincide con la sentimental en el hecho de que el análisis de¡ sentimiento amoroso es el objeto fundamental de su atención, se separa de aquella en su concepción amorosa, puesto que si participa del mismo clima general de dolor y lágrimas, difiere en la visión, que es aborrascada y tormentosa en la Cárcel y sus congéneres, mientras se manifiesta como «serena melancolía, donde hasta las lágrimas son melodiosas y están sometidas a ritmo y compás» -en palabras de Moreno Báez3_ en la pastoril. 11) El sentido mesurado y proporcionado en la descripción del sentimiento amoroso está favorecido por el platonismo4 renacentista que invade todas las manifestaciones de la pastoral, condicionando asimismo, 12) tanto el carácter arquetípico de sus personajes, modelos de virtud y belleza, 13) como la visión tópica del paisaje, a través siempre de los consabidos epítetos que realzan lo defínidor y quintaesenciado. 14) Si bien, curiosamente, no hay apenas descripciones del paisaje, y las existentes, son siempre parcas y reiterativas,5 quizá a cansa de su misma condición de lugar común, 15) sí se describen detalladamente, en cambio, palacios, vestiduras y ornamentos.
 

16) Igualmente, a consecuencia de las ideas neoplatónico-renacentistas, la estructura de La Diana se configura de forma perfectamente equilibrada y armónica, conforme a una exacta distribución simétrica: tres libros correspondientes a los relatos de Selvagía, Felismena y Belisa; unión en el cuarto, en el palacio de la sabia Felicia, donde se comienzan a solucionar los conflictos; y otros tres libros posteriores para acabar de solventar los que permanecían en suspenso, dependientes del mismo núcleo, con la sola excepción de la propia historia de Diana. 17) El desarrollo argumental, de otro lado, se caracteriza por su estatismo, por su falta de movimiento y carencia de acción. Lentitud que, desde luego, favorece la penetración en la intimidad amorosa de los pastores y la consiguiente profundidad psicológica del análisis realizado. 18) Sólo se anima la acción gracias a la inclusión de elementos estructurales procedentes de la novela bizantina o de la caballeresca, aunque, a pesar de ellos, 19) la intemporalidad preside el deambular de estos pastores con modos cortesanos, siempre maduros.
 

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Como bien ha señalado López Estrada,6 Montemayor adaptó con inteligencia parte de la estructura de episodios en sarta procedente de la narrativa bizantina, en concreto: «el cruce de historias en un punto, que luego divergen en varios sentidos, corren paralelas a veces, y vuelven a encontrarse para buscar la solución». Y lo hizo con el fin de evitar el estatismo y la monotonía de lo puramente pastoril, mediante la interpolación de historias distintas que ofrecieran variaciones sobre lo bucólico; «casos amorosos» diferentes. De esta forma, la bizantina se constituyó en soporte constructivo de la novela pastoril, iniciando un desarrollo gradual que culminaría en La Galatea cervantina.
 

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Y es que, al igual que sucedió en otros campos de la narrativa áurea, los epígonos de la pastoril no quisieron o no pudieron entender las aportaciones de La Galatea (1585). En ella, Cervantes había superado con inteligencia la linealidad constructiva de La Diana, mediante la realización de una estructura mucho más compleja, trabada a través de¡ entrelazado de las diversas historias integradas en una que sirve de engaste unitario. Una morfología en la que, como ha visto López Estrada,7 los amores de Elicio y Galatea, pastores bucólicos que protagonizan la historia principal, constituyen un núcleo aglutinador en el que se encajan los diferentes «casos de amor» que son las cuatro historias secundarias, a su vez confluyentes, un tanto, entre sí. Merced a este procedimiento, la novela pastoril se convierte en precedente compositivo de su propio Quijote y de toda la gran novela barroca. Las cuatro novelitas intercaladas, además, son diferentes: dos son «novellas» a la manera italiana, la primera y la última; aquella, la de Lisandro, de ambiente andaluz y de carácter trágico, con sangre y venganzas que van contra la esencia de lo más puramente pastoril -Herrera, Anotaciones-; ésta, la de Rosaura, igualmente tempestuosa. En medio se integran una novela pastoril, la de Theolinda, y otra de corte bizantino, con aventuras y viaje de largo recorrido, la de Silerio. La narración, a diferencia de la simple adición de historias de La Diana, se inicia «in medias res» con Elicio, pastor idealizado, aparece a continuación Erastro, pastor rústico en contraste, y ante ambos, Lisandro, que da muerte a Carino. Este huye, sigue la historia principal, vuelve a aparecer y cuenta su peripecia, se vuelve a interrumpir la narración cuando aparece Theolinda... Es decir, hay una alternancia pastor-pastora a la hora de relatar sus historias, en vez de la nota femenina prolongada de Montemayor. Hay, además, una clara ruptura de la línealidad de La Diana, en búsqueda de un mundo novelesco más complejo y perfecto.
 

1  Vid. el excelente libro de Francisco López Estrada, Los libros de pastores en la literatura espanola, Madrid, Gredos, 1974.]
 

2Ya Menéndez Pelayo notó la mezcla de motivos clásicos y realidad española contemporánea, en Orígenes de la novela, 1, Madrid, NBAE, 1905, p. 466.
 

3Enrique Moreno Báez, Los siete libros de La Diana de Monternayor, Madrid, Editora Nacional, 1976, p. XV.
 

4 Cf., por ejemplo, E. Moreno Báez, op. cit., págs. IX y ss.
 

5Como ya vió Menéndez Pelayo, Orígenes, p. 466.
 

6Francisco López Estrada, Los siete libros de La Diana, Madrid, Espasa-Calpe, 1970, 81-2.
 

7F. López Estrada, La Galatea de Cervantes. Estudio critico, La Laguna, 1948.
 

Fuente: Antonio Rey Hazas “Introducción a la novela del Siglo de Oro, I. (Formas de narrativa idealista). Edad de Oro I (1982): 65-105.