Tú también puedes ser un actor
   
 

Aquí tienes unos monólogos y diálogos de algunas de las obras teatrales más destacadas del siglo XVII en España. Escoge uno de ellos (sólo o por parejas) y prepara la lectura dramatizada. No es fácil, las obras teatrales se escribían en verso y el lenguaje de la época puede resultarte complicado. Lee con atención los consejos para el recitado.

  Puedes escoger dos modalidades:
 
  • Leer tu monólogo delante de tus compañeros
 
  • Grabarte en una cinta o en el ordenador (con ayuda de la profesora)
   

PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA, La vida es sueño

Monólogo de Segismundo I (también puedes encontrarlo aquí)   Monólogo de Segismundo II   Oye cómo suena
 

LOPE DE VEGA, El perro del hortelano.

Comedia de delicioso argumento, refiere la historia de amor entre Diana, condesa de Belflor, y su secretario, Teodoro, un apuesto joven que no tiene más patrimonio que su ingenio, sus letras y su pluma. En esta obra, el ingenio lo va a poder todo, mas habrá que contar con la complicidad del público, a quien se ruega oculte el secreto del protagonista.

Diálogo de Teodoro y Diana, acto II   Diálogo de Teodoro y Diana, acto III
 
 
 
Consejos para la lectura
   
 
  1. Conoce bien el texto. Léelo cuantas veces sean necesarias hasta llegar a comprenderlo enteramente. Busca las frases clave. Procura, aclarar toda alusión cultural, mitológica, etc., y meditar las reflexiones y pensamientos del autor. Si el que dice no entiende lo que dice, peor lo entenderá el que lo escucha.
  2. Recita con lentitud, destacando las palabras más importantes por su significado.
  3. Vocaliza bien, sin omitir sílabas o letras.
  4. Matizar los niveles de la cadena intensiva: más fuerte (dramatismo, energía); más débil (abatimiento); tono ascendente y descendente en la misma sílaba o en su inmediata (lirismo, emociones, afectividad).
  5. Señala el ritmo y las pausas, pero evita el soniquete monótono variando ligeramente el tono en las palabras o frases más importantes o deteniéndote en ellas un poco más.
  6. Evíta detenerte en los finales de verso, pero tampoco leas como si fuese prosa.
  7. Recuerda que los actores barrocos tenían que decir el verso exagerando los matices, de lo contrario, el público -que no solía estar en silencio- perdía la atención.
 
  Diálogo de Teodoro y Diana, acto II
   
 

TEODORO: ¿Llamábasme?

DIANA: Bien ha hecho
ese necio en irse agora.

TEODORO: Un hora he estado leyendo
tu papel, y bien mirado,
señora, tu pensamiento,
hallo que mi cobardía
procede de tu respeto;
pero que ya soy culpado
en tenerle, como necio,
a tus muchas diligencias;
y así, a decir me resuelvo
que te quiero, y que es disculpa
que con respeto te quiero.
Temblando estoy, no te espantes.

DIANA: Teodoro, yo te lo creo.
¿Por qué no me has de querer
si soy tu señora y tengo
tu voluntad obligada,
pues te estimo y favorezco
más que a los otros crïados?

TEODORO: Ese lenguaje no entiendo.

DIANA: No hay más que entender, Teodoro,
ni pasar el pensamiento
un átomo de esta raya.
Enfrena cualquier deseo;
que de una mujer, Teodoro,
tan principal, y más siendo
tus méritos tan humildes,
basta un favor muy pequeño
para que toda la vida
vivas honrado y contento.

TEODORO: Cierto que vuseñoría
perdóneme si me atrevo-
tiene en el jüicio a veces,
que no en el entendimiento,
mil lúcidos intervalos.
¿Para qué puede ser bueno
haberme dado esperanzas
que en tal estado me han puesto,
pues del peso de mis dichas
caí, como sabe, enfermo
casi un mes en una cama.
Luego, ¿qué tratamos de esto
si cuando ve que me enfrío
se abrasa de vivo fuego,
y cuando ve que me abraso
se hiela de puro hielo?
Dejárame con Marcela.
Mas viénele bien el cuento
del perro del hortelano.
No quiere, abrasada en celos,
que me case con Marcela;
y en viendo que no la quiero,
vuelve a quitarme el jüicio,
y a despertarme si duermo.
Pues coma o deje comer;
porque yo no me sustento
de esperanzas tan cansadas;
que si no, desde aquí vuelvo
a querer donde me quieren.

DIANA: Eso no, Teodoro: advierto
que Marcela no ha de ser.
En otro cualquier sujeto
pon los ojos; que en Marcela
no hay remedio.

TEODORO: ¿No hay remedio?
Pues, ¿quiere vuseñoría
que, si me quiere y la quiero,
ande a probar voluntades?
¿Tengo yo de tener puesto,
adonde no tengo gusto,
mi gusto por el ajeno?
Yo adoro a Marcela, y ella
me adora, y es muy honesto
este amor.

DIANA: ¡Pícaro, infame!
Haré yo que os maten luego.

TEODORO: ¿Qué hace vuseñoría?

DIANA: Daros, por sucio y grosero,
estos bofetones.

 
  Diálogo de Teodoro y Diana, acto III
   
 

[DIANA habla ] a TEODORO

DIANA: Oye aquí aparte.

TEODORO: Aquí estoy
a tu servicio.

DIANA: Teodoro,
tú te partes, yo te adoro.

TEODORO: Por tus crueldades me voy.

DIANA: Soy quien sabes;¿qué he de hacer?

TEODORO:¿Lloras?

DIANA: No; que me ha caído
algo en los ojos.

TEODORO:¿Si ha sido
amor?

DIANA: Sí debe de ser;
pero mucho antes cayó,
y agora salir querría.

TEODORO: Yo me voy, señora mía;
yo me voy, el alma no.
Sin ella tengo de ir;
no hago al serviros falta,
porque hermosura tan alta
con almas se ha de servir.
¿Qué me mandáis? Porque yo
soy vuestro.

DIANA:¡Qué triste día!

TEODORO: Yo me voy, señora mía;
yo me voy, el alma no.

DIANA:¿Lloras?

TEODORO: No; que me ha caído
algo, como a ti, en los ojos.

DIANA: Deben de ser mis enojos.

TEODORO: Eso debe de haber sido.

DIANA: Mil niñerías te he dado,
que en un baúl hallarás;
perdona, no pude más.
Si le abrieres, ten cuidado
de decir, como a despojos
de vitoria tan tirana,
«Aquéstos puso Dïana
con lágrimas de sus ojos.»

   
Si quieres leer más, aquí encontrarás El perro del hortelano