INICIO || LITERATURA | | LOS PAZOS DE ULLOA |

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CAPÍTULO IV
MOTIVOS
  • La decadencia del archivo y el intento de arreglo por parte de Julián.
  • Descripción del proceso de limpieza en analogía con el arreglo de la casa de Ulloa.
  • Antecedentes familiares del marqués (flashback). Introducción del personaje del tío Gabriel, ladrón, jovial, señor feudal; menosprecia al resto de la humanidad y ejerce de mentor negativo de don Pedro educándolo a su imagen y semejanza.
  • Revelación de la falsedad del título nobiliario.
CUESTIONES
  1. ¿Qué simboliza el archivo de la casa de Ulloa?
  2. ¿A qué autores censura y condena a los bichos don Julián?
  3. En este capítulo un narrador omnisciente explica los antecedentes de la familia del marqués. ¿Cómo han influido la herencia y la educación (el medio) en don Pedro?
  4. ¿Qué importancia ha tenido el tío Gabriel en la figura de don Pedro?
CAPÍTULO V

MOTIVOS

  • El antagonismo de Primitivo hacia don Julián. Queda expresado por la metáfora del cazador y su presa. Como cazador lo escruta con su mirada y busca el lado vulnerable: “no hay hombre sin vicio”
  • Don Julián inicia su proyecto de enseñar y limpiar a Perucho que incluye una descripción hiperbólica (con cosificación) de la roña que cubre al zagal y que es símbolo de la barbarie que domina los pazos.
  • Se describe la tertulia de la cocina con la descripción caricaturesca de la vieja.
  • Intento de seducción de Julián por parte de Sabel.
CAPÍTULO VI
MOTIVOS
  • La excursión a Naya a casa de don Eugenio y el festín.
  • Contraste y visión degradante de Julián a partir de la visión del abad de Ulloa. Sus teorías sobre la hombría sitúan a Julián en el extremo opuesto. La degradación de un hombre para el abad se resume en: beber agua, lavarse y cortase las uñas. El hombre ha de ser montuno y cerril y oler a bravío:

“al abad de Ulloa, en cambio, le exasperaba Julián, a quien solía apodar mariquita; porque para el abad de Ulloa, la última de las degradaciones en que podía caer un hombre era beber agua, lavarse con jabón de olor y cortarse las uñas: tratándose de un sacerdote, el abad ponía estos delitos en parangón con la simonía. «Afeminaciones, afeminaciones», gruñía entre dientes, convencidísimo de que la virtud en el sacerdote, para ser de ley, ha de presentarse bronca, montuna y cerril; aparte de que un clérigo no pierde, ipso facto, los fueros de hombre, y el hombre debe oler a bravío desde una legua.”

  • El festín: descripción pictórica e hiperbólica.
  • Burla irónica de la cocina francesa: no había recurrido la guisandera a los artificios con que la cocina francesa disfraza los manjares bautizándolos con nombres nuevos o adornándolos con arambeles y engañifas. No, señor: en aquellas regiones vírgenes no se conocía, loado sea Dios, ninguna salsa o pebre de origen gabacho, y todo era neto, varonil y clásico como la olla. ¿Veintiséis platos? Pronto se hace la lista: pollos asados, fritos, en pepitoria, estofados, con guisantes, con cebollas, con patatas y con huevos; aplíquese el mismo sistema a la carne, al puerco, al pescado y al cabrito. Así, sin calentarse los cascos, presenta cualquiera veintiséis variados manjares.

¡Y cómo se burlaría la guisandera si por arte de magia apareciese allí un cocinero francés empeñado en redactar un menú, en reducirse a cuatro o seis principios, en alternar los fuertes con los ligeros y en conceder honroso puesto a la legumbre! ¡Legumbres a mí!, diría el ama del cura de Cebre, riéndose con toda su alma y todas sus caderas también. ¡Legumbres el día del patrón! Son buenas para los cerdos.

  • Presentación del personaje del médico, Máximo Juncal.
  • Chismes políticos y sobre el marqués y Sabel que Julián no entiende en principio.” y al mismo tiempo se dirigieron a Julián señas y guiños, como si la conversación se relacionase con él.”
  • Conversación con don Eugenio sobre las murmuraciones: Julián descubre el amancebamiento del señor y la criada.
CAPÍTULO VII
MOTIVOS
  • Contraste y visión degradante de Julián a partir de la visión irónica del narrador y de sus propias reflexiones: Él era sencillo como la paloma; sólo que en este pícaro mundo también se necesita ser cauto como la serpiente... La imagen de la sencilla paloma redunda en la del cazador y la presa del capítulo anterior.
  • Ejemplo de estilo indirecto libre: Él era sencillo como la paloma; sólo que en este pícaro mundo también se necesita ser cauto como la serpiente... Ya no podía continuar en los Pazos... ¿Cómo volvía a vivir a cuestas de su madre, sin más emolumentos que la misa? ¿Y cómo dejaba así de golpe al señorito don Pedro, que le trataba tan llanamente? ¿Y la casa de Ulloa, que necesitaba un restaurador celoso y adicto? Todo era verdad: pero, ¿y su deber de sacerdote católico?
  • La paliza de don Pedro a Sabel
  • La revelación de que Primitivo es quien manda en la casa y de que el marqués es consciente del saqueo de su hacienda:

-¡Una bribona desorejada, que es lo peor! -exclamó el marqués después de un rato de silencio-. Oiga usted... -añadió arrimándose a un castaño-. A esa mujer, a Primitivo, a la condenada bruja de la Sabia con sus hijas y nietas, a toda esa gavilla que hace de mi casa merienda de negros, a la aldea entera que los encubre, era preciso cogerlos así (y agarraba una rama del castaño triturándola en menudos fragmentos) y deshacerlos. Me están saqueando, me comen vivo..., y cuando pienso en que esa tunanta me aborrece y se va de mejor gana con cualquier gañán de los que acuden descalzos a alquilarse para majar el centeno, ¡tengo mientes de aplastarle los sesos como a una culebra!

Desengáñese usted, pueden más que nosotros. Esa comparsa que traen alrededor son paniaguados suyos, que les obedecen ciegamente. ¿Piensa usted que yo ahorro un ochavo aquí en este desierto? ¡Quiá! Vive a mi cuenta toda la parroquia. Ellos se beben mi cosecha de vino, mantienen sus gallinas con mis frutos, mis montes y sotos les suministran leña, mis hórreos les surten de pan; la renta se cobra tarde, mal y arrastro; yo sostengo siete u ocho vacas, y la leche que bebo cabe en el hueco de la mano; en mis establos hay un rebaño de bueyes y terneros que jamás se uncen para labrar mis tierras; se compran con mi dinero, eso sí, pero luego se dan a parcería y no se me rinden cuentas jamás...

  • Propuesta de buscar otra mujer.
CAPÍTULO VIII
MOTIVOS
  • Capítulo de tránsito: inicio del viaje a la ciudad.
  • Boicoteo de Primitivo e intento de asesinato del cura: Para oír el susurro que produjeron las hojas y la maleza al desviarse y abrir paso a un cuerpo, necesitábanse realmente sentidos de cazador. El señorito lo percibió, aunque tenue, clarísimo, y vio el cañón de la escopeta apuntado tan diestramente que de fijo no se perdería el disparo: el cañón no amagaba a su pecho, sino a las espaldas de Julián. La sorpresa estuvo a punto de paralizar a don Pedro: fue un segundo, menos que un segundo tal vez, un espacio de tiempo inapreciable, lo que tardó en reponerse, y en echarse a la cara su arma, apuntando a su vez al enemigo emboscado. Si el tiro de éste salía, la bala se cruzaría casi con otra bala justiciera.
CAPÍTULO IX
MOTIVOS
  • La influencia del medio: los dos de la Lage, tío y sobrino:

    Viéndoles juntos, se observaba extraordinario parecido entre el señor de la Lage y su sobrino carnal: la misma estatura prócer, las mismas proporciones amplias, la misma abundancia de hueso y fibra, la misma barba fuerte y copiosa; pero lo que en el sobrino era armonía de complexión titánica, fortalecida por el aire libre y los ejercicios corporales, en el tío era exuberancia y plétora; condenado a una vida sedentaria, se advertía que le sobraba sangre y carne, de la cual no sabía qué hacer; sin ser lo que se llama obeso, su humanidad se desbordaba por todos lados; cada pie suyo parecía una lancha, cada mano un mazo de carpintero. Se ahogaba con los trajes de paseo; no cabía en las habitaciones reducidas; resoplaba en las butacas del teatro, y en misa repartía codazos para disponer de más sitio. Magnífico ejemplar de una raza apta para la vida guerrera y montés de las épocas feudales, se consumía miserablemente en el vil ocio de los pueblos, donde el que nada produce, nada enseña, ni nada aprende, de nada sirve y nada hace. ¡Oh dolor! Aquel castizo Pardo de la Lage, naciendo en el siglo XV, hubiera dado en qué entender a los arqueólogos e historiadores del XIX.

  • Tío y sobrino son dos personajes desubicados: el señor de la Lage hubiera sido alguien en el siglo XV; en el XIX es una humanidad sin ubicar. Es un ejemplo dellaneza y campechanía mal entendidas (como en Larra).
  • La boda sin amor (el casamiento noble): el casamiento por imposición paterna, como negocio social. El señor de la Lage es un hidalgo de cepa vieja con orgullo de raza que demuestra en sus escrúpulos a la hora de casar a sus hijas: no quiere tenientes (militares de segunda), ni comerciantes (advenedizos por el dinero), ni siquiera médicos (advenedizos por el saber):

    ¡Qué mejor esposo podían desear sus hijas que el primo Ulloa! Entre los numerosos ejemplares del tipo del padre que desea colocar a sus niñas, ninguno más vehemente que don Manuel Pardo, en cuanto a la voluntad, pero ninguno más reservado en el modo y forma. Porque aquel hidalgo de cepa vieja sentía a la vez gana ardentísima de casar a las chiquillas y un orgullo de raza tan exaltado, bajo engañosas apariencias de llaneza, que no sólo le vedaba descender a ningún ardid de los usuales en padres casamenteros, sino que le imponía suma rigidez y escrúpulo en la elección de sus relaciones y en la manera de educar a sus hijas, a quienes traía como encastilladas y aisladas, no llevándolas sino de pascuas a ramos a diversiones públicas. Las señoritas de la Lage, discurría don Manuel, deben casarse, y sería contrario al orden providencial que no apareciese tronco en que injertar dignamente los retoños de tan noble estirpe; pero antes se queden para vestir imágenes que unirse con cualquiera, con el teniente que está de guarnición, con el comerciante que medra midiendo paño, con el médico que toma el pulso; eso sería, ¡vive Dios!, profanación indigna; las señoritas de la Lage sólo pueden dar su mano a quien se les iguale en calidad. Así pues, don Manuel, que se desdeñaría de tender redes a un ricachón plebeyo, se propuso inmediatamente hacer cuanto estuviese en su mano para que su sobrino pasase a yerno, como el Sandoval de la zarzuela.

  •  La educación de las niñas: A las primas del marqués se las describe usando las mismas metáforas de caza habituales: son perdices blancas que don Pedro se ve capaz de cazar; en su descripción, desde la perspectiva del primo abundan las cosificaciones y las animalizaciones:

    Animado, y con la cálida sangre despierta, consideraba a las primitas una por una, calculando a cuál arrojaría el pañuelo. La menor no hay duda que era muy linda, blanca con cabos negros, alta y esbelta, pero la mal disimulada pasión de ánimo, las cárdenas ojeras, amenguaban su atractivo para don Pedro, que no estaba por romanticismos. En cuanto a la tercera, Nucha, asemejábase bastante a la menor, sólo que en feo: sus ojos, de magnífico tamaño, negros también como moras, padecían leve estrabismo convergente, lo cual daba a su mirar una vaguedad y pudor especiales; no era alta, ni sus facciones se pasaban de correctas, a excepción de la boca, que era una miniatura. En suma, pocos encantos físicos, al menos para los que se pagan de la cantidad y morbidez en esta nuestra envoltura de barro. Manolita ofrecía otro tipo distinto, admirándose en ella lozanas carnes y suma gracia, unida a un defecto que para muchos es aumento singular de perfección en la mujer, y a otros, verbigracia a don Pedro, les inspira repulsión: un carácter masculino mezclado a los hechizos femeniles, un bozo que iba pasando a bigote, una prolongación del nacimiento del pelo sobre la oreja que, descendiendo a lo largo de la mandíbula, quería ser, más que suave patilla, atrevida barba. A la que no se podían poner tachas era a Rita, la hermana mayor. Lo que más cautivaba a su primo, en Rita, no era tanto la belleza del rostro como la cumplida proporción del tronco y miembros, la amplitud y redondez de la cadera, el desarrollo del seno, todo cuanto en las valientes y armónicas curvas de su briosa persona prometía la madre fecunda y la nodriza inexhausta. ¡Soberbio vaso en verdad para encerrar un Moscoso legítimo, magnífico patrón donde injertar el heredero, el continuador del nombre!

CAPÍTULO X
  • La visión de la ciudad desde el punto de vista del aldeano hidalgo, campesino de “rancio criterio”, cuya sensibilidad hacia el arte de los siglos pasados es expuesta de forma irónica por el narrador:

Pareciéronle, y con razón, estrechas, torcidas y mal empedradas las calles, fangoso el piso, húmedas las paredes, viejos y ennegrecidos los edificios, pequeño el circuito de la ciudad, postrado su comercio y solitarios casi siempre sus sitios públicos; y en cuanto a lo que en un pueblo antiguo puede enamorar a un espíritu culto, los grandes recuerdos, la eterna vida del arte conservada en monumentos y ruinas, de eso entendía don Pedro lo mismo que de griego o latín. ¡Piedras mohosas!

(…)Total, que de los monumentos de Santiago se atenía el marqués a uno de fábrica muy reciente: su prima Rita.

  • Continúa la metáfora de don Pedro-cazador/depredador en busca y acecho de mujer.

Ya sobre la pista, don Pedro siguió acechando, a fuer de cazador experto.

  • Se expresan los prejuicios masculinos acerca de las mujeres “vivarachas”:

Rita, siempre animada y provocadora, lo era mucho con su primo, y no poco con los demás, pues don Pedro advirtió que a las miradas y requiebros de sus admiradores correspondía con ojeadas vivas y flecheras. Lo cual no dejó de dar en qué pensar al marqués de Ulloa, el cual, tal vez por contarse en el número de los hombres fácilmente atraídos por las mujeres vivarachas, tenía de ellas opinión detestable y para sus adentros la expresaba en términos muy crudos.

  • Don Julián ejerce de consejero sentimental torpe y desde sus propios prejuicios:

-¿Según eso -preguntó el marqués mirando de hito en hito al capellán-, usted juzga que no hay absolutamente nada censurable? Clarito. ¿Las considera usted a todas unas señoritas intachables... perfectísimas... que me convienen para casarme? ¿Eh?

Meditó Julián antes de responder.

-Si usted se empeña en que le descubra cuánto uno tiene en el corazón... francamente, aunque las señoritas son cada una de por sí muy simpáticas, yo, puesto a escoger, no lo niego..., me quedaría con la señorita Marcelina.

-¡Hombre! Es algo bizca... y flaca... Sólo tiene buen pelo y buen genio.

-Señorito, es una alhaja.

-Será como las demás.

-Es como ella sola.

  • Las habladurías del casino: la envidia y la hipocresía como defectos fundamentales de la sociedad provinciana.
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