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SELECCIÓN DE ARTÍCULOS

 
 

LA SOLEDAD

En la novela, la soledad es hereditaria, se sufre como una maldición que no puede ser superada: el coronel Aureliano Buendía nace con un aire solitario que lo acompañará toda su vida: "La adolescencia le había quitado la dulzura de la voz y lo había vuelto silencioso y definitivamente solitario." Volvió de la guerra "más solitario que nunca" (p.111); y mientras se moría: "le vió otra vez la cara a su soledad miserable". (229) Los diecisiete Aurelianos se distinguen por la soledad: "...llevaron niños de todas las edades, de todos los colores, pero todos varones, y todos con un aire de soledad que no permitía poner en duda su parentesco." (p. 133) (p. 178) Los gemelos se diferenciaron en todo, pero "lo único que conservaron en común fue el aire solitario de la familia." (p. 160) "Meme no revelaba todavía el sino solitario de la familia." (p. 223) Lo mismo sucede con Aureliano Babilonia: "...muy pronto se vio que era un legítimo Aureliano Buendía, con sus pómulos altos, su mirada de asombro y su aire solitario" (p. 269); por eso lo identificó Pilar Ternera: "...marcado para siempre y desde el principio del mundo por la viruela de la soledad." (p. 333) En fin, las personas nacen solas, traen la soledad impresa en forma indeleble y están predestinados a sufrir su aislamiento como una enfermedad incurable.

No existen formas -en la novela- de superar esta soledad en el contacto familiar de comprensión y ayuda...

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II EL ENCIERRO

La segunda forma de soledad se refiere a la actividad humana relacionada con el progreso científico, tecnológico o literario que se realiza en condiciones de aislamiento de la realidad (histórica y social) tanto como de los otros seres humanos.

La mayor parte de los proceso de conocimiento en la novela se realizan en lugares cerrados: José Arcadio Buendía se encerró en un cuartito "para que nadie perturbara sus experimentos". (p. 11) "Desde que (el coronel) decidió no venderlos, seguía fabricando dos pescaditos al día y cuando completaba veinticinco volvía a fundirlos en el crisol para empezar a hacerlos de nuevo." (p. 227)

También el encierro sirve para dejar establecida la superioridad social: entre las amigas de Meme había tres jóvenes norteamericanas que: "rompieron el cerco del gallinero electrico y establecieron amistad con muchachas de Macondo."

El lugar cerrado por excelencia es el cuarto de Melquíades, el cual se relaciona con el destino cifrado de la familia. Este cuarto posee la virtud de recibir la visita fantasmal de su dueño cada vez que alguno de los miembros de la familia se interesa por interpretar los manuscritos.

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III EL LENGUAJE

En sus aspectos coloquial o literario, el lenguaje tiene en Cien años de soledad, una función general de aislamiento más que de comunicación.

Con respecto al uso de idiomas ajenos:

Amaranta y Arcadio aprenden el idioma de los indios debido a que sus padres están demasiado ocupados para hablar con ellos: "Fue así como Arcadio y Amaranta hablaron la lengua guajira antes que el castellano... sin que Ursula se diera cuenta, porque estaba demasiado ocupada en un prometedor negocio de animalitos de caramelo." (p. 39)

José Arcadio Buendía pierde -con la locura- el idioma materno que comparte con sus familiares y se incomunica en un idioma que ya no habla ningún pueblo en su vida cotidiana: el latín.

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En síntesis, la lectura de los temas de la novela permite señalar hacia el aislamiento, la improductividad, la frustración como la culminación de un proceso inevitable.

Los manuscritos de Melquíades son escritos y leídos a espaldas del pueblo. En su forma culminante (de lectura y cumplimiento de la historia) Aureliano Babilonia lee -interpreta, entiende- el significado de los manuscritos mientras muere, porque ese relato no es la historia del pueblo colombiano, ni siquiera es la historia del pueblo de Macondo, sino que es la historia de la familia Buendía y la culminación de una advertencia que ningún Buendía quiso -o pudo- oir en su soledad alienada: la familia que se casa entre sí (que se aisla de su propio pueblo) genera hijos con cola de chancho, es decir, deja de ser humana, se destruye a sí misma.

El incesto, entonces, puede ser leído como una metáfora: el encierro de la soledad, propio de un tipo de organización social productiva, destruirá finalmente a la especie humana con las deformidades que no son otra cosa que la pérdida de los rasgos humanos; pero, peor aún, el vendaval que elimina a Macondo, no sólo de la realidad, sino que -como la matanza- se borra de la memoria (historia) de los hombres.

En este contexto adquiere sentido medular el asombro de Ursula (que rechaza el incesto con la misma pasión con que es atraída por él) ante el descubrimiento de que lo que ella siempre deseó no venía de sí misma, sino que había que buscarlo en una familia distinta: "...solamente ella, Rebeca, la que nunca se alimentó de su leche, sino de la tierra y cal de las paredes, la que no llevó en las venas sangre de sus venas sino la sangre desconocida de los desconocidos cuyos huesos seguían cloqueando en la tumba, Rebeca, la del corazón impaciente, la del vientre desaforado, era la única que tuvo la valentía sin frenos que Ursula había deseado para su estirpe. (p. 215) Ursula había dedicado su vida a evitar el incesto (porque todos los Buendía sólo deseaban aislarse en sí mismos o en el contacto con sus iguales); percibe en la inútil lucidez de la senectud que los otros (los que no son Buendía) también pudieron haber sido deseables y que en el contacto con ellos pudo haber estado la superación de la soledad.

La evitación del incesto, situada en los orígenes de la raza humana -tanto como el trabajo y el lenguaje articulado-, supone la aceptación del intercambio social con otros pueblos, iguales pero distintos: el incesto, entonces, es el encierro, la negación al contacto de las especies, el deterioro físico y mental del que no enriquece su estirpe sino que la encierra tras una caparazón dura que no le permite progresar en el contacto -personal y social- solidariamente fructífero.

Cien años de soledad relata fundamentalmente las condiciones en que la huída de la culpa de José Arcadio y Ursula da pie a la fundación de Macondo. Macondo es, entonces, un lugar en el cual la realidad histórica y social han sido negadas. En un principio haciendo hincapié en la igualdad paradisíaca de los primeros habitantes, luego sin embargo, el distanciamiento del pasado (el galeón español abandonado tierra adentro); de los adelantos científicos (todos los inventos son traídos desde fuera: Macondo no produce nada); la incapacidad para aceptar las condiciones reales de existencia (la explotación, la huelga y la masacre bananera) van agudizando el efecto de que el tiempo no transcurre (o transcurre en redondo, agrupando cien años en un segundo), es decir, no hay salida a un encierro que mantiene a Macondo solamente como un reflejo de una realidad que no quiere -o no puede- ser leída.

Esta lectura supone que la metáfora de Macondo es una advertencia para los seres humanos reales, porque la maldición con que culmina la novela puede ser evitada... si es que los grupos sociales existentes en la historia, superan el aislamiento de la soledad. De lo contrario les sucederá lo mismo que a Aureliano Buendía: narrador-lector capaz de entender el sentido de su relato en el momento en que está muriendo por no haber sido advertido a tiempo.

 

 

   
  MEMORIA DE CAS
 

Emblemática a este respecto, como en tantos otros aspectos, es la primera frase de la novela: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo» (p. 79).

El primer sintagma verbal del texto, «núcleo de la oración», según la gramática de don Emilio Alarcos Llorach, portador de la acción, según las antiguas preceptivas, remite a la rememoración de lo que todavía no ha ocurrido en la diégesis. Pone en marcha una «máquina de la memoria» (p. 99) que no se detendrá hasta las palabras finales y fatales que señalan la invasión del olvido inscrito en el proyecto de los fundadores, quienes salieron de Riohacha cuidándose de «no dejar ningún rastro ni encontrar gente conocida» (p. 107). Si las «estirpes condenadas a cien años de soledad» no tienen «una segunda oportunidad sobre la tierra» (p. 559) es, antes que nada, porque ya no existe nadie para reconocerlas. Surgido de una voluntad de olvido, el territorio de una nueva memoria que quiso ser Macondo, había de volver al olvido. El huracán bíblico que arrasa el pueblo y el texto que cuenta su historia tenía que desembocar en la simbólica página blanca que termina todo libro y éste más que otro.

Desde el «había de recordar» inicial, todo no es sino recuerdo y olvido. Dos de los episodios nucleares de las dos partes que configuran la novela, según Ángel Rama (citado en CAS, p. 147, n. 1.1), textualizan esta dialéctica soberana: «la peste del olvido», después de curada, seguirá contagiando insidiosamente a los macondinos desmemoriados, hasta que se olviden de la «masacre» que concluye la huelga de la compañía bananera y mueran fagocitados por «la voracidad del olvido» (p. 474).

   
   
 

Guillermo Tedio
 
Si hay una palabra que define a Cien años de soledad es "desaforada", no solo por los personajes, las situaciones y el argumento gargantuescos sino igualmente por el lenguaje. Se trata de seres pantagruélicos en las acciones que emprenden, en los anhelos que proyectan, en las empresas que se proponen. Pero quizás el mayor mérito o mejor, el gran descubrimiento de García Márquez, fue el hecho de volver a inventar el mundo, a reinventar las cosas, como se puede apreciar en el motivo de la fundación de Macondo; en la peste del insomnio y del olvido, cuando había que colocar letreros a las cosas y a los animales para identificarlos y poder recordar cuál era su uso o para qué servían; igualmente se aprecia en el mundo reciente en que las cosas carecían de nombre y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo; en José Arcadio Buendía, cuando descubrió que la tierra era redonda como una naranja; en el asombro de los macondinos frente a los inventos que traían los gitanos a la aldea, como el hielo, la lupa, el catalejo, el sextante, el astrolabio, la brújula, los mapas, el laboratorio de alquimia, la daguerrotipia, la dentadura postiza... Dentro de esa posición de reinventar el mundo, de descubrir lo que ya está descubierto, se explica el rico y novedoso anacronismo que recorre todas las páginas de la novela, como por ejemplo, el uso del narrador omnisciente decimonónico  frente al desapego por otros tipos de narradores más cercanos a la modernidad; el empleo de algunas técnicas o trucos narrativos provenientes de la edad media, como el hecho de imaginar que ya la historia de los Buendía había sido escrita en sánscrito por el gitano Melquíades, con cien años de anticipación, para que un miembro de la estirpe de los Buendía la leyera en el momento exacto en que un huracán apocalíptico destruye a Macondo.
   
 
 

La primera vez que descubrí Macondo era todavía un muchacho. La pubertad es ese instante en que irrumpimos en el mundo, con unas quimeras aún por domar, con una fantasía altanera que parece obligarnos a rehacer lo torcido y lo feo. Es también aquel momento en que ese mismo mundo nos niega y nos cercena. Los años de la adolescencia son los de la contestación a los padres, a la autoridad de los padres, los años en que afectamos desagrado y rechazo con aspavientos, los años en que descubrimos con desdén la imperfección de lo dado, el desarreglo de la vida. Es entonces cuando queremos fundar el mundo, reemplazar ese otro mundo que los adultos nos han legado, lleno de desperfectos. Es entonces cuando salimos al exterior y nos proponemos cambiar las cosas, leyendo, escribiendo o actuando. Fue entonces justamente, en ese momento de alborozo y pesadumbre, cuando busqué en el mapa la localización de Macondo, puesto que no me resignaba a que esa maravillosa aldea sólo existiera en la imaginación portentosa de su autor. La lectura me deparó un relato próximo al cuento infantil, próximo a la historia primordial hiperbólica y verosímil a fuerza de sugestiva. Sin embargo, no era un cuento de hadas, insoportable para un adolescente que quería madurar; era, por el contrario, un cuento aleccionador, fascinante, fatalista, heroico, narrado por alguien dotado de omnisciencia, alguien que rivalizaba con Dios; pero era un cuento en el que se detallaba una historia de adultos, una historia de fundación (ab urbe condita), de guerra y de amor, de familia y de individuos, de elecciones personales, de destinos insuperables. Lo mejor de una novela -y ésta lo cumple a la perfección- es cuando nos secuestra, cuando crea para nosotros un mundo posible en el que poder aventurarnos, un universo abarrotado por reyes y por indigentes, por hombres y mujeres llenos de dudas y de zozobras, de arrojo, de audacias, de cobardías; lo mejor de una ficción es cuando nos obliga a abstraernos y a internarnos en sus calles y en sus casas. La narración que no logra ese proceso mágico es una novelita sin consecuencias, sin efectos secundarios. Las grandes novelas -y ésta lo es, qué duda cabe- las vivimos en toda su extensión, en toda su cualidad panorámica, en toda su larga evocación, con caracteres cuyas almas vamos averiguando poco a poco.

   
   
 
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